Bueno, os voy a contar una historia bastante alucinante que nos pasó viviendo en Suiza. A los peques les encantan las historias de miedo, se hacen los valientes, pero luego todos nos arrimamos y nos acurrucamos cerca de nuestros papás porque se nos ponen los pelos de punta, aún así, queremos oír las historias de miedo hasta el final. ¿Por qué será?

Resulta que en la casa dónde vivía con mis padres, los vecinos contaban que se ahorcó hace años un vecino y su mujer, vecina nuestra, decía que su espíritu andaba rondando los sótanos. Entonces éramos pequeños y cuando nos portábamos mal, mi madre amenazaba con castigarnos en el sótano (las madres de entonces, vaya ingenio), así que procurábamos portarnos bien.
Un día un vecinito valiente nos convenció para bajar a ese oscuro y misterioso sótano, para nosotros era una de las aventuras más grandes, aunque todos cagaditos de miedo, claro. Así que, bajamos.
Paso a paso bajamos los peldaños de aquella escalera de madera que sonaba con cada pisada, había telarañas por donde miraras. Creo que nadie bajaba hace años por esa historia espeluznante, así que, éramos los únicos valientes. Una vez abajo, nos adentramos hacia el fondo del sótano, era oscuro y alrededor se encontraban los trasteros, de madera antigua con mucha profundidad que no se veía nada en su interior. Nos imaginábamos que de un momento a otro saldría algún fantasma a pillarnos por los pelos, según íbamos pasando por delante.
De repente vimos una luz al final del pasillo y nos quedamos petrificados. Nadie se movía, nadie decía una palabra, sólo sé que en aquel momento me templaban las piernas como flanes. El vecinito valiente tomó la iniciativa de adelantarse y nosotros, como un rebaño de ovejas, le seguimos. Llegamos al final de pasillo y nos encontramos con una especie de sala redonda y en medio había una vela. ¿Quién había sido tan valiente como para entrar hasta aquí y encender una vela?
Huuuuuuuaaaaaa, nos susurró una voz detrás de nosotros y nos quedamos paralizados. No nos atrevíamos a mirar hacia atrás, todos cogidos de la mano, apretándonos los deditos cada vez más fuerte.
Queeeee haceeeeeeeeiiiis aquiiiiiiiiií pequeños monstruos…., dijo la voz. Nos dimos la vuelta con los ojos medio abiertos y ahí estaba……….
Era la vecina, la mujer del ahorcado que sólo quiso comprobar hasta que punto éramos valientes. Resulta que se inventaba esta historia para que los niños no jugaran en el sótano, bastante peligroso por cierto, por sus escaleras inclinadas y viejas. Digamos que fue una advertencia, pero esta vez, de poco le sirvió. A la semana siguiente bajamos a jugar al sótano, recordando esta historia.
Bueno, ¿qué os ha parecido?